Una cordillera con la mayor paleta de colores

Cuando terminas la universidad el mundo se extiende, se hace grande. Las decisiones que entonces tomes, volverán a delimitar tu pequeño mundo al que estabas acostumbrado. La vida puede volver a reducirse a un largo camino. Pero todo aquel que se convirtió en un viajero sabe que, desde ese día, la vida se expandió a dimensiones infinitas. El camino se transformó en la más grande de las cordilleras. Cordillera que ofrece la más completa paleta de colores. A veces te encuentras en un pico con vistas a todas las opciones de climas y ecosistemas, una vista panorámica de la infinidad de la vida.

Al decidir emprender mi viaje no era consciente de que mi mundo podría transformarse en tal cordillera.Pero mi mente de exploradora ya funcionaba con la capacidad de borrar expectativas, abrirse a nuevos panoramas y jamás perder la habilidad de sorprenderse. Entonces, cuando el mundo se convierte en un lugar inmenso y majestuoso, todos sentimos el vértigo. Este es el vértigo de la incertidumbre, una sensación que asusta, pero que te hace sentir vivo. Ese fue mi primer paso hacia Colombia, el paso de comprometerme con una vida impredecible y cambiante. Después llegué a Medellín.

Fui en busca de inspiración, de puentes que me permitieran tener una mirada más perfilada sobre mi horizonte. Llené el saco de mi vida con los matices colombianos; acentos y ritmos diversos en cada rincón del país, todos con algo en común, el calor de las palabras.Ellos; rolos, indígenas, paisas, caleños, costeños… todos ellos son los que te atan al país, te atrapan con la dulzura de sus palabras, la diversión en la mirada y en las risas, la amabilidad de su ayuda, las velocidades en los bailes, el acercamiento de los cuerpos en la noche. Música, colores, ruido, olores en las calles. Humedad y viento acompañando al sol. Cielo con estrellas del norte y del sur.

Colombia que también es violencia, drama, injusticia y orgullo, sobretodo es sus personas y sus lugares repletos de historias inagotables, historias de vida, historias de enseñanza. Y de este modo me ha enseñado que aprender es cuestión de acostumbrar tus ojos. Que no hay problemas que no puedan ser olvidados con música de fondo, bailando. Celebrando la vida cada noche, endulzándola con guaro para que sepan mejor los besos. Me ha mostrado la plenitud de respirar entre árboles, la ternura de la naturaleza, los poderes de las plantas. Entiendo ahora que convivir con un pueblo que viene de la tierra me permite conectarme de la forma más pura y completa.

Viajas e interactúas con personas extraordinarias y diferentes; distinta clase social, educación, religión, ideología… Ellos son los verdaderos maestros, capaces de hacer despertar súbitamente tu mente dormida, rompiendo todas las fronteras, demostrando que las diferencias nos unen. Un maestro me hizo ver que al viajar nadie se encuentra consigo mismo, sino todo lo contrario, viajar es olvidarse, desprenderse del ego para ser conscientes de que siempre hemos estado ahí. Que no hay más futuros que este presente. Un presente para conectar, para ayudar, para sentir. Un presente para reconstruir una fraternidad entre los hombres y la naturaleza.

Viaja a Colombia, a Latinoamérica, viaja por el mundo y hállalo tú mismo. No hay mayor entusiasmo que experimentar tal descubrimiento. Comienza a ver el mundo en metáforas, abandona ese camino y transforma tu vida en la cordillera con la mayor paleta de colores.

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